Queridos Amigos. ¿Cómo están, cómo se encuentran? Espero hayan tenido una buena semana. Una vez más nos tomamos un tiempo para reflexionar sobre los textos bíblicos de hoy. Quiero centrar mi reflexión en esta frase del Evangelio: “El que ama más a su padre y a su madre que a mí, no es digno de mí”. Tal vez a simple vista pueda parecer una frase fuerte y chocante, porque ¿Dios puede pedirnos tanto? ¿No se produce el conflicto entre el amor a nuestros padres terrenales y a Diosmismo? Entonces: ¿Cómo entender esta afirmación de Jesús?
En primer lugar, amar a Dios más que a los demás, significa obedecer la voz de nuestra conciencia, que es la voz de Dios. Algo en lo más profundo de nuestro corazón nos dice: “haz el bien y evita el mal, no matarás, no robarás…” Y eso es la Ley Natural que hace referencia a las exigencias fundamentales que Dios mismo ha inscripto en el corazón de cada uno de nosotros.
En segundo lugar, poner en primer lugar al “padre terrenal”significa dar más importancia a las leyes humanas que a las divinas, es decir, dar más importancia a la ley positiva que a la ley Natural.
Desde aquí surge una pregunta concreta y vital: ¿Usted querido amigo, escucha la voz de Dios, escucha la voz de su conciencia, o da más importancia a lo que nos dictan los seres humanos? La voz de la conciencia instalada por Dios en cada ser humano es fuerte, no se la puede engañar, coimear o silenciar. Si has robado, aunque la justicia te absuelva, tu conciencia te dirá: “Has robado”. Si has mentido, tu conciencia te dirá: “Has mentido”. Si has abortado, aunque la ley del aborto te lo permita, tu conciencia te dirá “has matado a una creatura inocente”. Y esto es fuerte, si muy fuerte. No se puede matar ni silenciar la propia conciencia porque ahí Dios mismo levanta su voz, porque la conciencia es el lugar sagrado. ¿Usted piensa que los que empobrecieron a nuestro país robando, no sienten nada? Por todo el daño que han causado a sus hermanos, su conciencia ¿no les produce ningún remordimiento? No estoy tan seguro…
Sigo reflexionando y pregunto: ¿Qué es lo primero? ¿Lo que dice Dios o lo que promulga el hombre a través de sus legisladores en el Congreso? ¿No debería haber una complementación entre lo que dice Dios y lo que promulga el hombre? Siempre, en caso de duda, primero es la Ley Natural y después la ley positiva. Teniendo en cuenta la situación actual en nuestra Patria, tan compleja y en muchos casos tergiversada, resulta necesario reflexionar más sobre este tema tan espinoso y pocas veces abordado.
Mis queridos amigos. Hace tiempo, el filósofo alemán, Friedrich Nietzsche dijo: “Dios ha muerto, lo hemos matado nosotros”. Lo hicimosantes y lo hacemos ahora -no en el sentido literal, pues nadie puede matar a Dios- sin embargo, lo estamos eliminando permanentemente de la cultura, de la educación, de la vida.
El pueblo para caminar necesita un horizonte claro, necesita saberhacia dónde caminar y por ahora en nuestra Patria no lo encontramos. Nosacostumbramos a la crítica, a la queja, pero nos cuesta asumir nuestro protagonismo y responsabilidad.
El Papa Francisco cuenta que cuando estuvo en Buenos Aires, un díale preguntó a un porteño que encontró en la calle: “Señor, ¿cómo está usted?”. Y el hombre respondió: “Padre, mal, pero ya acostumbrado”. ¡Que frase terrible! Pregunto: ¿Podemos acostumbrarnos a vivir en la pobreza, a sufrir injusticias de parte de los demás?
En el contexto de nuestra Patria actual, la oración elaborada hace 25 años, sigue manteniendo su actualidad. Nos dice: “Nos sentimos tristes y agobiados”. Queremos ser un pueblo libre y soberano y sin embargo con frecuencia, seguimos siendo una “muchedumbre”. La diferencia entre un pueblo y una muchedumbre es abismal.
Un pueblo comparte sueños, proyectos comunes, tiene su identidad. Una muchedumbre no mira el mismo horizonte, la manejan, la llevan adónde quieren los demás. Si no decidimos en qué creer, soñar, vivir, alguien lo hará por nosotros.
Pensemos por unos minutos sobre los temas abordados hoy a la luz del Evangelio. Que todos tengamos un lindo domingo. Celebremos con alegría y gratitud el Día del Señor.