Queridos amigos, ¿cómo están? ¿Cómo se encuentran? Espero que bien. El filósofo alemán Friedrich Nietzsche dijo: ‘Dios ha muerto. Lo hemos matado nosotros.’ Se quedó con el Viernes Santo, con una filosofía pesimista y bien sabemos cómo terminó.

Nosotros también decimos que Cristo murió, pero resucitó, y nuestra historia es bien distinta. Por eso, de forma masiva, venimos a la iglesia para proclamar la gran victoria de la vida sobre la muerte. Aunque parezca reiterativo hoy, una vez más debemos decir que la resurrección de Jesús es la verdad más importante de nuestra fe cristiana. Tan importante que San Pablo afirma: ‘Si Jesús no resucitó, vana es nuestra fe.’.

Sí, si Jesús no resucitó, ¿qué queda? ¿El cementerio? ¿La tumba vacía? Creer en la resurrección no es solo una aceptación de la tumba vacía, no se limita a una declaración puramente intelectual. Mucho más. Creer en la resurrección significa que nosotros debemos vivir y actuar como hombres nuevos, resucitados.

El hecho de la resurrección debe afectar todo nuestro modo de ser y de vivir. Porque si yo no cambio, si yo no resucito, si mi familia no resucita, si la iglesia no resucita, Jesús resucitado significa muy poco o nada para nosotros, y nuestra fe es una vieja levadura. Y me parece que para muchos, Jesús resucitado significa muy poco o nada, o simplemente no interesa.

¿Qué es la Pascua? Se preguntan muchos. Pascua significa paso. Paso de lo viejo a lo nuevo. Para los judíos, se trataba de dar un paso gigantesco de la esclavitud a la libertad. Como el pueblo judío en aquel entonces, hoy nosotros debemos salir de tantas miserias humanas, de tantas estructuras y actitudes corruptas que nos esclavizan. Sin este permanente éxodo, no hay Pascua verdadera. A lo mejor, un simple recuerdo.

El evangelio de hoy, haciendo una referencia explícita al hecho de la resurrección, nos dice: «El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo a quien Jesús amaba y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro. Se adelantó y llegó primero al sepulcro e inclinándose vio los lienzos tendidos, pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro. Vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero. Vio y creyó».

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

El Evangelio no nos narra el hecho mismo de la resurrección del Señor, sino más bien nos encontramos con la tumba vacía y los signos que hablan de la ausencia de Jesús. Qué pena que la Pascua de Jesús tuvo lugar hace dos mil años, pues si Jesús hoy resucitara, podríamos mandar a los medios de comunicación social y un montón de canales para hacerle un reportaje en directo o al menos preguntar cómo le fue, cómo se sentía, qué mensaje nos comunica.

¿Pero esto sería un acto de fe o más bien una evidencia científica? La Pascua, mis queridos amigos, debe darse en estas circunstancias y en estas realidades concretas de nuestra vida. No se trata de esperar milagros. No se sale de la crisis tan profunda que nos afecta con los charlatanes, con los que dicen y no hacen, que una mañana afirman y por la tarde desmienten. Solo podremos salir de la crisis tan grande con hombres nuevos, resucitados.

En Sudáfrica, antes de la abolición del apartheid, la gente encendía una vela y la colocaba en una ventana como señal de esperanza, una señal de que algún día el mal, la opresión, la esclavitud serían derrotados. Hoy sabemos que este sueño se ha cumplido. El pueblo que pone su confianza en el Señor no queda defraudado.

Queridos amigos, nuestra patria argentina hoy más que nunca necesita poner su confianza en Dios. Hoy todos necesitamos escuchar la palabra de Dios, más que tantas palabras puramente humanas. En este día tan especial, quisiera que todos nos pongamos de rodillas y juntos pidamos por nuestra patria, por nuestras familias, por los niños, adolescentes y jóvenes, rezando la oración del episcopado argentino.

‘Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos. Nos sentimos heridos y agobiados. Precisamos de tu alivio y fortaleza. Queremos ser nación, una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común. Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos. Amén.’.

Que todos tengamos unas felices fiestas de Pascua y que Dios los bendiga a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.