Mis amigos de todos los domingos: ¿Cómo están? Espero que bien. Hace una semana celebrábamos la Fiesta de la Resurrección del Señor, cantando en el Pregón Pascual la gran VICTORIA de la vida sobre la muerte. Se trata de un mensaje extraordinario y maravilloso, pues se nos anuncia que la última palabra no es la muerte, sino la Vida.
Es fácil cantarlo en la Iglesia, pero qué difícil es celebrar esta gran victoria cuando surgen hechos consternantes como los de “San Cristóbal”. Qué difícil es creer para el hombre actual educado en el racionalismo, para quien la única realidad es lo que vemos, tocamos, observamos, experimentamos. Cómo nos cuesta abrirnos a la dimensión trascendente y aceptar la existencia de Dios y la vida eterna.
Creer en Cristo muerto y resucitado, nunca fue fácil. El Evangelio de hoy lo relata así: “…Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo. A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, se puso en medio de ellos y dijo: Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino hombre de fe. Tomás contestó: ¡Señor mío y Dios mío!” Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús.
No sé lo que piensa usted, pero a mí me encanta la postura de «Tomás»; me maravilla su incredulidad, me gustan sus cuestionamientos, bien fundamentados. Tomás parece ser un “filósofo empirista” que solo cree en lo que toca o en lo que ve, pero está cerrado a todas esas realidades que van más allá de lo que se puede experimentar, como el amor, la fe, la esperanza.
En estas circunstancias, es oportuno preguntarnos:¿Por qué yo creo en Dios cuando mucha gente ya no cree? ¿Mi fe en Dios, aporta algo a mi vida, a mi modo de ser y de actuar? ¿Me transforma? ¿Me hace mejor, me ayuda a servir a los demás, a bregar por un mundo más justo y fraterno?
La fe –mis queridos amigos- no se limita a un conjunto de verdades que hay que aceptar ciegamente. No es un “compendio” o un “paquete de doctrinas para memorizar”. La fe en Jesús Muerto y Resucitado da sentido a nuestra vida nos impulsa a un compromiso con el hombre y la sociedad o es una fe muerta.
Viene muy bien recordar en este momento el valiente y tan acertado mensaje Pascual de Monseñor Vicente Zazpe, de fecha 8 de abril de 1976, titulado: “La Resurrección de la Argentina”. Cuando apenas comenzó el Gobierno Militar, el profeta Zaspe, un pastor con “olor a oveja” – gran conocedor de su rebaño – nos decía: “Debemos afirmar que los males del país continúan todavía porque la crisis de la República está a niveles más hondos que los políticos y económicos. Debemos reconocer que la corrupción no sólo afectó a ciertos dirigentes nacionales y provinciales. La complicidad tuvo magnitud insospechada en la comunidad nacional. El sentido profundo del deber, la honestidad, la austeridad y sobre todo el amor a la Patria, necesitan ser redescubiertos y recreados en todos los niveles porque los males nacionales permanecen intactos”. ¡Cuánta contundencia, cuánta claridad y cuánta verdad contienen sus palabras! Pasaron ya 50 años de aquel mensaje pascual que lamentablemente aún hoy se mantiene y no perdió su vigencia y actualidad.
Mis queridos amigos, hoy nos afectan muchas realidades complejas de nuestra Patria, pero también aparecen nuevas posibilidades. Argentina puede resucitar, pero solo con hombres nuevos, resucitados, tal como lo afirmaba hace 50 años el Obispo Zazpe: “para una “resurrección” del país, todos necesitamos de los valores evangélicos, todos necesitamos un mayor espíritu de pobreza, de mansedumbre, de paciencia, de limpieza del corazón, de paz, de sed y hambre de justicia, de servicio. Después de Dios, la Patria”.
Pensemos por unos minutos sobre nuestra fe, no la del vecino, no la del político. Hasta qué punto mi fe es una fe comprometida con el hombre de hoy; hasta qué punto mi fe se expresa en la lucha por el Bien Común.
Hoy se nos pide que seamos cristianos auténticamente convencidos, que no tengamos miedo de buscar, de luchar y defender la verdad. Pongamos nuestra confianza en Dios como lo hizo Tomás exclamando: “Señor mío y Dios mío”.
Que Dios nos bendiga.